Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —¡Ah, si la hubieras conocido! Es la criatura más insolente que he conocido. Y fea, ¿sabés?, una de esas fealdades que hacen que un hombre se avergüence de ir por la calle en su compañía, porque todos lo miran con asombro. Imagínate tú una criatura bajita, de piernas cortas, un vestido de mala muerte, las articulaciones de los dedos con callos; mirándola de frente parece jorobada, tan levantados tiene los hombros; la nariz con caballete y tan larga, que podía decirse que entre el mentón y la nariz se podría romper una nuez; y agrégale a eso un feo aliento. ¡Ah, si la hubieras conocido! No te imaginas cómo me tiranizaba. Yo la observaba curioso. Quería ver hasta qué punto llegaba o podía llegar el dominio de una criatura inferior sobre un hombre superior. Y le aguantaba todo… a ella, a quien el último tendero de barrio se hubiera avergonzado de acompañar por una calle medianamente iluminada.
Yo lo escuchaba encuriosada. El continuó: