Los Lanzallamas

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—¡Había que oírla hablar! No se puede pedir nada más ridículo. Por ejemplo: si se sonreía y yo le preguntaba el motivo me contestaba, viniera o no a cuento: “Sonrío cuando me hieren”. ¿Te das cuenta? Otra frasecita que le gustaba largar era ésta: “Tengo frío en el alma”. ¿Te das cuenta? Daban ganas de pegarle. Cuando viajábamos juntos no hablaba palabra, miraba para la calle; yo me limitaba al estúpido papel de pagar el boleto. Y cuando conversaba, a veces tenía que hacer un esfuerzo para no volver la cabeza. Su aliento era nauseabundo. 

»En fin, eso llegaba al absurdo. Me citaba a una hora y llegaba cuarenta minutos más tarde, y en vez de disculparse decía: “¿Por qué me esperó? Se hubiera ido…”. Y yo bajaba la cabeza, y tímidamente le decía palabras idiotas, porque encontraba un placer angustioso en tolerar la insolencia de esa mujer monstruosamente fea. Y si nos peleábamos, me buscaba; entonces no descansaba hasta que volvía a su lado, y las lágrimas corrían por su nariz enrojecida, mientras que con sus manos desportilladas me atraía hacia su cuello. En fin, eso era el acabóse. Yo estaba harto; comprendía que por ese camino le iba a terminar por dar de bofetadas cualquier día en un lugar público.



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