Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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»Debido a la lluvia, hoy a la mañana no la vi. Esta noche estuve una hora esperándola bajo la garúa, en el sitio donde sabía que bajaba. Por fin llegó. ¿Te pensás que se emocionó de ver que la esperaba? Se limitó a decir “¡Usted por aquí!”. ¡Ah, si supieras qué curioso! Estaba resuelto a continuar la comedia, a dejar que me humillara hasta donde le alcanzara la imaginación, pero el caso es que de pronto perdí la paciencia, y tomándola de un brazo, con tal fuerza que casi se pone a gritar, le dije: “¿Vos sabés lo que te merecés? Pues que te escupan a la cara”. “Yo no le he dicho que me esperara”, replicó furiosa la viborita, y entonces fue cuando estalló el salivazo. 

»Ella se torció; de pronto comprendí que tenía que ultrajarla más, ya que un salivazo para una bruta como ella poco o nada significaba, y entonces manteniéndola agarrada del brazo, para que no se escapara (estaba ella a dos cuadras de su casa) me incliné hasta el suelo, recogí un puñado de fango inmundo, y sin que ella se resistiera (estaba como muerta) le restregué la cara, pero tan acertadamente, que a la luz del foco sólo se veía un plastrón de fango verde. Luego la empujé, chocó contra un árbol, y me fui.

—¿Qué edad tiene ella?

—Veinticinco años.

—¿Y la querías?


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