Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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—Quería las humillaciones que me proporcionaba. 

—¿Pero no sentías amor hacia ella? 

—Yo nunca sentiré amor. 

—¿Y ella?

—Ahí está. Esa mujer me ha querido. Sabía perfectamente que estaba casado. Ahora yo supongo esto: llegó un momento en que perdió la confianza en su fuerza de voluntad, y entonces todas las insolencias que me hacía eran para ver si conseguía perderme y así no perderse; pero si ése era su fin, ya ves, lo ha conseguido. No se puede quejar, no.

Se veía que estaba contento de su infamia. Gozaba con ella, la exprimía como una naranja regustándola ferozmente, con tanta agudeza que de pronto se le escapó la frase definitiva:

—Ahora comprendo por qué hay asesinos que dan catorce puñaladas a un cadáver. Y que si los dejaran, continuarían ensañándose… —los ojos se le habían paralizado, mientras que los párpados, encapotados, parecían querer descubrir una visión lejana.

Y esto no fue lo último que me hizo, no. A momentos pienso si ese hombre no estaba loco, porque de no estarlo, ¿pueden explicarse sus actos? Un mes antes de que me enterara de su defraudación en la Azucarera, una noche, pero ya muy tarde, me despertaron los pasos de Remo, que se paseaba nerviosamente de una pieza a otra.


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