Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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El comedor y el dormitorio se comunicaban por una puerta. Para poder pasear más cómodamente, Erdosain entornó la puerta de manera que iba y venía de un cuarto a otro sin obstáculo alguno, y disponiendo de un espacio suficiente como para descargar, caminando, su nerviosidad.

Indudablemente, estaba sobreexcitado. Ignoro si los motivos había que buscarlos en la defraudación a la Azucarera, pero en aquellos momentos no eran éstos los esenciales. Lo preocupaba un problema grave.

Aunque yo me desperté, continué con los ojos cerrados. Cuando Erdosain volvía la espalda a la cama le observaba entreabriendo los párpados. La conducta de mi esposo hacía tiempo era anormal, mas ahora el presentimiento me decía que “algo tenía que ocurrir”. Erdosain caminaba con paso muy firme. Esto me hizo pensar que deseaba despertarme, pues, por lo ordinario, Remo evitaba de molestarme cuando dormía. Se había quitado el cuello. Así, iba y venía, el rostro contraído por una preocupación que terminó por vencerlo. Se acercó a mi cama e inclinándose corrió la cobija, de manera que me dejó descubierto el hombro. Hecho esto, comenzó a sacudirme por el hombro llamándome despacio:

—Elsa… Elsa…

Entreabrí los ojos.

—¡Ah!… ¿Qué querés?…


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