Los Lanzallamas

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—Despertate. Elsa… Despertate, que tengo que decirte algo muy importante… importantísimo…

Para fingir que me despertaba en ese momento, me restregué los párpados. Remo se sentó a los pies de mi cama y mirándome con ardor, como si estuviera bebido, me dijo:

—¿Estás bien despierta?

—Sí.

—A ver… déjame que te mire… Bueno… escuchame bien…

Caviló un momento, como si fuera muy grave lo que tenía que decirme, y después dijo despacio:

—Elsa, tenemos que salvar un alma… Elsa, si vos me querés, tenés que ayudarme a salvar un alma…

Usted comprende50 —argüía más tarde Elsa— que despertarme a la una o las dos de la madrugada para comunicarme “que hay que salvar a un alma” es para sorprender incluso a la más despierta. Me di cuenta en seguida que Remo había bebido, pero no en cantidad suficiente para estar ebrio, sino excitado. Eso: estaba muy excitado. Pocas veces en mi vida le he visto así.

—¿QuĂ© sucede?… Contame —le dije. 

—¿Estás bien despierta?

—Sí.


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