Los Lanzallamas
Los Lanzallamas ÂżSe da cuenta quĂ© loco es mi marido? ¡Ah, Dios mĂo! ¡QuĂ© hombre!… ¡QuĂ© monstruo! Un monstruo, sĂ, un loco; no puedo decir otra cosa. ¡Si usted supiera todo lo que pasĂ© despuĂ©s! ¡Y luego se dice que hay mujeres que engañan a sus maridos! Sin embargo, yo en esos momentos me dominĂ© perfectamente. TenĂa conciencia que mis relaciones con Erdosain habĂan llegado al lĂmite, que me iba a jugar mi felicidad de esposa en la contestaciĂłn que tenĂa que darle, porque Ă©l estaba enamorado con locura de esa mujer51, y le dije:
—Lo que vos querĂ©s es traer aquĂ, a esta casa, a esa mujer. ÂżNo es asĂ?
—SĂ.
Decirle que no, hubiera sido enardecer su pasiĂłn. Yo no la conocĂa a esa mujer. PodĂa ser buena. Era un deber cristiano ayudarlo a “salvar un alma”. Tener celos de “ésa”, era demostrarle que yo me consideraba inferior a ella. PensĂ© un minuto todas estas cosas, pensĂ© en mi poquita felicidad, en mi casa, y le contestĂ©:
—Bueno, traela a esa muchacha. La voy a tratar como si fuera mi hermana.
¡Hubiera visto! Me besaba las manos de agradecimiento.