Los Lanzallamas

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La muchacha me impresionó lamentablemente. Yo estaba en la puerta de mi casa y los vi llegar. Era una mujer delgada, de regular estatura. Cojeaba al caminar un poco, pues llevaba zapatos demasiado grandes para ella. Además tenía lastimados los pies. Su vestido negro estaba ribeteado de una trencilla violeta; de cerca, comprobé que estaba manchado y muy usado. A medida que se acercaba discernía perfectamente el rostro de la mujer. Era un tipo vulgar: la nariz muy larga y en caballete, los ojos como cubiertos de una neblina, y el cabello sumamente renegrido. Su tez era muy blanca. Erdosain caminaba cohibido junto a ella. Yo los esperé serenamente. Cuando estaban a pocos metros salí al encuentro de ellos, y estirando la mano saludé a la muchacha. Desde ese momento dejé de ver en ella la prostituta para considerarla como una infortunada que necesitaba mí ayuda. La muchacha parecía tímida. En efecto, estaba muy avergonzada de su situación anormal, y sonrió con cierta turbación cuando se sentó en el comedor y yo le dije:

—Usted, señorita, tiene los pies muy enfermos, parece, ¿no?

—Sí, señora —me contestó.

—Bueno, espere un momentito.


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