Los Lanzallamas
Los Lanzallamas E inmediatamente fui a la cocina, puse agua caliente en una palangana, y la llevé al comedor. Aunque ella se resistía le saqué yo misma los zapatos, y puso los pies a remojarse, sin quitarse las medias, sumamente manchadas en los lugares de las llagas. Estas atenciones la emocionaron; quiso besarme la mano, mas yo no lo permití. La muchacha estaba conmovida. Omití toda pregunta sobre su vida anterior, y le dije:
—Remo me explicó su situación actual. Nosotros somos pobres, pero usted aquí va a estar bien. Mucho trabajo no hay; en lo que pueda me ayudará. ¿Usted tiene ropa interior?
—No, señora…
—Bueno, entonces le voy a prestar ropa mía hasta que usted se haga algo. Yo aquí tengo máquina de coser.
—Como usted guste, señora.
—¿Quiere tomar algo?
Y es que yo, en previsión de que pudiese llegar, había preparado chocolate. Observándola, me causó la impresión de estar mal alimentada. Remo no encontraba palabras para agradecerme las atenciones con que yo obsequiaba a su protegida. En un momento que salimos, me abrazó diciéndome:
—Sos una gran mujer, Elsa…
Pues verá cómo correspondió más tarde a mis actos de “gran mujer”.