Los Lanzallamas

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A todo esto, la muchacha pudo por fin quitarse las medías. Me horroricé. Sus talones estaban despellejados, en carne viva. Resultaba difícil explicarse cómo en tales condiciones podía caminar esta mujer, y más aún, dedicarse a ese oficio infame. Después me explicó que caminaba por día un término medio de diez y doce horas “buscando hombres”. Como ella creía que para no fatigarse era necesario tener zapatos holgados, se había comprado aquellos botines, que terminaron por destrozarle los pies.

Fui al almacén y le compré zapatillas para que pudiera estar cómoda. A la vuelta hice que se quitara su vestido y la ropa interior que traía, y le di un batón y ropa mía, pues eso era todo lo que yo podía hacer por ella en esos momentos, y estaba obligada a hacerlo por deber de caridad.

La muchacha se reanimaba a medida que pasaba el tiempo. Mi esposo salió nuevamente, y entonces yo procedí a estudiarla con sumo tacto. Traté de establecer si era digna o no de nuestro auxilio ―pues yo estaba completamente dispuesta a socorrerla―, o si se trataba simplemente de una aventurera que explotaba la debilidad sentimental de mi marido para introducirse a nuestro hogar y provocar una catástrofe.


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