Los Lanzallamas

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En esos días ocurrió un hecho curioso. La muchacha empezó a trabajar la tierra. Había en nuestra casa un pedazo de tierra que formaba el fondo. Pues Aurora, tres días después de llegar a mi casa, se levantó temprano una mañana, pidió una pala prestada a un vecino y cuando yo me desperté una parte del terreno estaba completamente removida. Trabajaba con tanto entusiasmo que las manos se le ampollaron por el roce de la pala. Esto no fue obstáculo para que terminara de “puntear” todo el fondo, lo que me hizo pensar que era un poco insensible al dolor físico. Decía que era una lástima no sembrar de tomates y lechugas tal extensión. Salvo esa aislada muestra de actividad, era perezosa en lo que se refiere a la ejecución de trabajos domésticos. De su estada en el convento le había quedado el gusto por bordar, y a pesar de ser sumamente corta de vista se pasaba las horas tejiendo en un punto tan corto que no pude menos de asombrarme de esa muestra de habilidad. Al final, llegué a sospechar que bordaba con el fin de evitar conversaciones conmigo, pues no le agradaba que yo profundizara en ella.






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