Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —Bueno, como le contaba, dos años después de este suceso, ambos concurrieron a… cómo la llamaríamos… a una fiesta campestre que organizaron los rufianes y sus mujeres en los bajos de San Isidro. En ese paraje se citaba la espuma de nuestro bajo fondo: manageres de boxeadores, entrenadores, corredores de automóviles, toda una crema amiga en particular de Haffner. Estaba también la mujer aquélla, la que casi estuvo por “apalabrarse” con el Rufián. Nada hacía presumir lo que iba a suceder. Quiero anticiparle un detalle: esta canalla respeta sus mujeres entre sí, como nosotros los civilizados acostumbramos hacerlo en sociedad.
El Astrólogo y Erdosain se detienen a pocos paso de los rieles del ferrocarril. Con jadeo lento pasa un tren de carga por el desvío. Las ranas croan en lo charcos, y tintinean los eslabones de las cadenas del convoy. Más allá, un lanchón se balancea en la aceitada superficie de las aguas. La puerta de un bar enquistado en una callejuela paralela a la línea del ferrocarril se entreabre, y por la trocha de carbón avanza una mujer gigantesca. Se engalana con un sombrero de torta encajado sobre los moños, y la sigue un hombrecillo flaco, de espalda encorvada. El Astrólogo continúa: