Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —Cuando la fiesta estaba en su apogeo Haffner desenfundó el revólver, lo encañonó al otro macró, se desprendió los pantalones, y descubriendo sus órganos genitales dijo fríamente: “Decile a tu mujer que me los bese… o te limpio los sesos”. Usted comprende que esta actitud no es rigurosamente social. El macró encañonado por el Rufián no se movió. Haffner, tranquilamente, aguardaba. Miró el reloj pulsera en su muñeca y dijo: “Tenés medio minuto”.
—¿Y el otro?
—El otro adivinó que el Rufián lo iba a matar. Que había ido allí con ese exclusivo fin, a matarlo… Que sólo podía salvarlo de la muerte esa humillación espantosa…
—¿Y?
—Antes de que pasara el medio minuto, roncó: “Besalo, Irene”.
—¿Y?
—La mujer obedeció. Entonces Haffner, antes de que la mujer se humillara ante él, la tomó de un brazo y dijo: “Vos desde hoy sos mía”.
—¿Y el otro?
—¿Qué iba a hacer el otro? Irse. En estos asuntos de vida o muerte, amigo, las venganzas se trabajan despacio. No me extrañaría que fuera ese tipo el que lo “liquidó” por la espalda al Rufián.