Los Lanzallamas

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Este, como si adivinara los malévolos pensamientos que incubaba su hermano, se rascaba socarronamente la ríspida barba de siete días. Además, sabía que a Emilio le molestaba que él escupiera tan abundantemente, y por eso esgarraba cada vez más fuertemente, proyectando los escupitajos con tal violencia contra las chapas del reducto que éstas resonaban como si recibieran piedradas. 

Emilio, asqueado, giró sobre su colchoneta dándole las espaldas al Sordo.

El Sordo se contempla los pies, descalzos en unos zapatos amarillos60, con evidente satisfacción. Al mismo tiempo resopla como un ballenato. El catre cruje lamentablemente, y Emilio se dice:

—Ez lo único que falta. Que ezte animal rompa el catre, para que dezpuéz lo tenga que oír roncando a mi lado… ―su indignación y tristeza crecen simultáneamente. En la base del estómago siente la presión cálida de una iniciación del vómito, y piensa―. Me eztoy deztrozando el eztómago con la nicotina. 

Ahora, con las piernas cruzadas y los brazos en asa, con las manos bajo la nuca, cuenta el número de ondulaciones que hay en las chapas del techo, extrañándose de perder la cuenta al llegar a la acanaladura número treinta y siete. Instantáneamente de perder la cuenta lo revisa de una mirada oblicua al Sordo y se dice:


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