Los Lanzallamas

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En cambio Eustaquio, de haber seguido sus impulsos, hubiera sido atorrante59. Lisa y llanamente, un atorrante. Esto no le impedía dar algunas clases de álgebra superior a extraviados alumnos que ciertas amistades le recomendaban. También Eustaquio aceptaría una cátedra de geometría si se la hubieran ofrecido, pero el maravilloso monstruo que le trajera en una bandeja de plata tal canonjía no aparecía jamás, y estirado en su catre elaboraba proyectos que tenían siempre relación con las matemáticas. Por ejemplo, calculaba cuánto podía ganar instalando una fábrica de chorizos. Ni remotamente pasaba por su imaginación la idea de dónde se proporcionaría el capital necesario para instalar la choricería.

Ambos desdichados pasaban de tal manera las horas.

Cuando Emilio sentía que la desesperación lo atosigaba en el reducto de cinc, se largaba a la calle para “estudiar la Vida”. El llamaba “estudiar la Vida” el acto de quedarse tres horas con la boca abierta observando a un truhán que vendía mercaderías milagrosas o específicos infalibles.

Pero ahora que el hambre lo acosaba como a una fiera en su caverna, Emilio lo observaba furiosamente al Sordo.


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