Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Emilio, en tales circunstancias, hubiera querido estar lejos; el dolor de vivir deyectaba en él círculos de sufrimiento, como una glándula enferma. Pensaba, sin saber por qué, en la alegría de llevar la contabilidad en un aserradero a la orilla del río, y en visitar a una novia a la que le quitaría sus creencias religiosas haciéndole leer libros de Haeckel y Büchner. Luego se arrebujaba entre las colchas y trataba de dormir, mientras el Sordo lanzaba chasquidos de alegría, con una mejilla afeitada y la otra empapada de espuma.
Los dos hermanos albergaban ideales distintos. Emilio aspiraba a ser linotipista y ganarse la vida tranquilamente en el campo, en algún pueblo de campo donde se le cicatrizaran las desolladuras que en el alma la miseria enconaba cada vez más.