Los Lanzallamas
Los Lanzallamas A veces Eustaquio visitaba a un pintor, sordo como él, y el pintor y Eustaquio cebaban mate durante largas horas sin cruzar palabra.
Emilio rezongaba silenciosamente al ver aparecer al Sordo en el reducto. Deseaba estar solo; mas el Sordo, sin mirarle, se dejaba caer en su catre, permaneciendo inmóvil como un faquir. Emilio se desesperaba ante su conducta estática e indiferente.
De noche dormían irregularmente. Eustaquio, antes de cerrar los ojos, suspiraba profundamente. Emilio lo escuchaba resoplar en las tinieblas y sentía ganas de gritarle: “¿Por qué suspirás, bellaco?”, pero no decía nada, y el otro continuaba revolviéndose bajo sus cobijas como si estuviera enfermo. A veces encendía la luz, y sin objeto alguno ―porque no existía ningún motivo para apresurarse―, se afeitaba entre gallos y medianoche. Emilio, fingiéndose dormido, le espiaba, y su malestar crecía mientras que el Sordo hacía guiños frente al espejo, o con media cara barbada se alejaba riéndose sarcásticamente cierta alegría bestial, “igual a la que manifestaba cuando se comía dos docenas de naranjas él solo”.