Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Hacía mucho tiempo que Eustaquio y Emilio habían reñido, y ya pasaba de dos años el tiempo en que no se dirigían la palabra. Juntos en las cavernas más absurdas, que les servían de refugio ―uno tirado en un catre, y el otro tendido en su colchoneta―, guardaban silencio de sordomudos.
Lo singular de sus conductas es que tácitamente, sin decirse una palabra, salían por la noche a buscar en la calle colillas de cigarrillos. Silenciosamente saltaba el Sordo del catre, se endosaba la gorra, apretaba las puntas de un arruinado macferlán58 sobre su pecho, y seguido de Emilio iba a recolectar tabaco. Un hermano por una vereda y el otro por la opuesta. Regresaban, se sentaban en el suelo, colocando de por medio un diario, y rompían la envoltura de las colillas, preparando montones de tabaco que al día siguiente soleaban para que se le evaporara la humedad. Partían equitativamente el grupo en dos partes, y armaban cigarrillos que fumaban con lentitud. “Fumando no ze ziente hambre”, decía Emilio.
Cuando algo había que cocinar, cocinaban por turno. Eustaquio era glotón. Emilio, comedido. Eustaquio comía con voracidad de bestia. Emilio, revistiendo dignidad de hidalgo que se siente menoscabado en su hombría si revelara sentimientos bajunos. Pero ambos devastaban cantidades prodigiosas de vituallas cuando las había, proporcionadas por las diligencias de Elena o Luciana.