Los Lanzallamas

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—¿Qué?

—Zi no le contamoz a Luziana…

—Otro día andá a verla. Ahora lustrate la valija.

Así terminó la primera conversación que Emilio y el Sordo mantuvieron después de dos años de silencio y dos días de ayuno.

El Sordo se dirigió al espejo, contempló su facha barbuda; luego, con cuatro gestos, se puso el cuello, tres movimientos más de mano invirtió en hacerse el nudo de la corbata, y apretando sobre su pecho las puntas de la solapas del macferlán se lanzó al vano de la escalera, mirando el cielo emplomado de gruesas nubes.

Una vez que el Sordo salió, Emilio apoyó el codo en la almohada, y una mejilla en la palma de la mano. Un mechón de cabello renegrido le caía sobre la frente pecosa, y con mirada displicente comenzó a examinar la valija. Estaba cubierta por una capa de polvo, y de la orilla del catre caía un ángulo marrón: la punta de una manta.

Emilio lió pensativamente un cigarrillo, se tapó los pies con un remanso de frazada y, contemplando pensativamente el cielo, meneó la cabeza con tristeza. El proyecto de ser tenedor de libros en un aserradero a las orillas del río se alejaba.


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