Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Remo entra a la casa de departamentos. Espera encontrarla a la Bizca en su habitación, pero la muchacha no está. Posiblemente se ha quedado dormida. Ahora, encerrado en su cuarto, le parece distinguir una rata que surge de un rincón. Tras de esa rata, otra y otra. Erdosain soslaya las alimañas grises y sonríe soturno.

—Así correrá la gente, si se le habla de los hombres chapados de luz que llevan la frente apretada por una rama de laurel. Y los ojos que al moverse dejan caer rayos como puñados de flores. Y los torsos que se doblan y arquean como ramas de sauce. Y las mujeres tendidas, que reciben entre los labios entreabiertos los pétalos que caen. ¿Por qué nadie habla de estas cosas? Me pregunto, tristemente: ¿estoy en un planeta que me corresponde, o he venido a la tierra por equivocación? Porque sería gracioso que uno se equivocara de planeta.

El soliloquio se aplana repentinamente. Erdosain mira a un costado y ve numerosas ratas grises que con el rabo a ras del suelo corren a esconderse bajo su piel. Y no abultan. No tocan su sensibilidad.

—¿O es la muerte, que viene despacio, apacigua el alma y la aplasta despacio sobre la tierra, para que se vaya acostumbrando a una definitiva horizontalidad?

Tiene la sensación de que un fantasma le aprieta los brazos, rodeándoselos de refajos de acero. Se sacude bruscamente, como si quisiera desamarrarse de la invisible ligadura, y murmura entre dientes:


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