Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —Soltame, demonio.
Y sonriendo, murmura.
El rencor se acrecienta en sus músculos. Él quisiera ser enorme, para aplastar el invisible enemigo que lo aplasta cada vez más contra el suelo. Frunce el ceño y piensa, como si tuviera que repeler un ataque inmediato:
—Nadie puede defendernos de la Vida ni de la Muerte. ¡Pobre cuerpo nuestro y manos nuestras, que sólo pueden tocar de las cosas dos dimensiones! Porque si pudiéramos tocar las tres dimensiones, atravesaríamos las montañas y los filones de hierro y los cúbicos bloques de mampostería donde trepidan los “blues” de las jazz-band amarillas, y las dínamos recalentadas de histeria… ¡Oh! ¡Oh!
Y cada vez que lanza un ¡oh, oh! permanece estático. Camina por el cuarto con la sensación de que junto a la sien, en redor de su cabeza, tiemblan y ondulan flecos de papel. Un viento ascendente levanta los flecos de papel, y psíquicamente se siente enloquecido. Corrientes eléctricas se le escapan por las puntas de los cabellos, erizándoselos.