Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Si Erdosain tirara de la punta de su odio, es casi seguro que el carretel se desenvuelve definitivamente; pero él no se atreve, y las puntas de su odio cuelgan allí, dentro de la caja de su pecho, mientras que él no sabe qué hacer.

Se acuerda de los cornudos felices y lustrosos que ha conocido, y reitera la pregunta:

—¿Me habré equivocado de planeta?

No quiere confesarse a sí mismo que siente una nostalgia terrible de llanuras con miríadas colinas, que siente la nostalgia de un país donde monte por medio se habla un idioma distinto y se viste un traje diferente. El vestiría entonces una túnica de buriel, y con una escudilla en la mano limosnearía, entre bueyes fajados con mantas y mujeres que manejan rastrillos.

Su amargura crece. Está solo, solo, en un siglo de máquinas de extraer raíces cúbicas y cinema parlante. La distancia se cubre de multitud de cogotes nervudos, gorras aplastadas como platos y jetas63 pomulosas. Y Erdosain piensa:

—A toda esta chusma se podría liquidarla con un fusil ametralladora y gases lacrimógenos. En uno no puede apoyarse. 

Y de pronto acude a él un horror inmenso:


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