Los Lanzallamas
Los Lanzallamas De pronto una voz áspera resonaba en sus oídos:
—¿Hiciste los deberes, imbécil?
Una angustia desgarradora sobrecogía y hacía temblar el alma del niño. El que así le hablaba era su padre.
Súbitamente empequeñecido, humillado hasta lo indecible, iba a lavarse las manos. Sentíase caído, solo, desconsolado, como si le hubieran roto la columna vertebral de un puntapié. Si lo insultaba su padre, ¿cómo no tendrían derecho a insultarlo los otros? Entonces bajaba la cabeza pasando frente al padre, cuya mirada torva sentía que se le clavaba en la nuca, renovando el ultraje del insulto.
Otras veces el padre le arrancaba de sus juegos para hacerle lavar el piso de la cocina. El pequeño Remo, débil frente al hombre inmenso, lo desafiaba con los ojos temblorosos de indignación, y el padre, glacial, le escrutaba con tanta firmeza las pupilas, que el niño, encorvado, iba a la pileta a buscar el “trapo de piso”, un fuentón que llenaba de agua y un cepillo de rígidas y limadas cerdas.
Mientras fregaba el piso de mosaico de la cocina pensaba en las carcajadas que lanzarían sus compañeros de clase si supieran que él, igual a ellos en la apariencia del traje, lavaba el piso de la cocina de su casa.66