Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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El chiquillo no podía menos de comparar su vida con la de otros compañeros. Esos niños tenían padres que los venían a buscar a la salida de la escuela, que los besaban. A él su padre no lo besaba nunca. ¿Por qué? En cambio lo humillaba continuamente. Para insultarlo removía la boca, como si masticara veneno, y escupía la injuria atroz:

—Perro, ¿por qué no hiciste esto? Perro, ¿por qué no hiciste aquello? 

Siempre el calificativo de perro antepuesto a la pregunta. Lustrosos los ojos de emoción, el pequeño Erdosain se inclinaba sobre el fuentón, sumergía los brazos hasta el codo en el agua y retorcía con sus manos enrojecidas el rústico trapo, que le dejaba en la piel estrías bermejas. Lágrimas candentes corrían por sus mejillas sonrosadas, pero el rodar de estas lágrimas infiltraba un dulcísimo consuelo en su pequeño corazón. “Aprendí así a encontrar felicidad en las lágrimas”, me diría más tarde.

Lentas campanadas llegan ahora de la iglesia de la Piedad hasta el cuarto de Erdosain, que permanece recostado en su cama. Los ojos se le han humedecido evocando su niñez destrozada. Murmura:

—¡Qué vida horrible! 

Su frente se arruga en estrías poderosas. Continúa soliloquiando:


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