Los Lanzallamas

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Lentamente la fortaleza se desmoronaba bajo los proyectiles. Caían las torres descubriendo cimientos circulares, los puentes de madera se incrustaban en los calabozos, los minaretes, a veces, por un prodigio de resistencia, quedaban erectos en la desolación achatada de las troneras y baluartes, espolvoreados de polvo rojo. Cuando la destrucción había sido total, hasta desfondar el techo del subterráneo que le servía para “escaparse al enemigo”, el niño Erdosain ―sudoroso, sonriente, el rostro salpicado de motas de barro, los brazos achocolatados hasta el codo― se sentaba a la orilla de la fortaleza. Sus ojos se clavaban en el cielo de la mañana y seguía con la mirada las nubes que resbalaban en la tersura celeste de la bóveda. Las gallinas, sosegadas nuevamente, se acercaban a él. La más atrevida, espiando con un ojo al chiquillo y con el otro los escombros, estiraba el cuello y picoteaba las ruinas de la fortaleza. Remo, impasible como un Dios, con la plena conciencia de su superioridad sobre las gallinas, las dejaba hacer, contemplando el espacio. Y es que el pequeño Erdosain había descubierto que el cielo, junto al borde de las nubes, se festoneaba de una franja ligeramente verdosa. Le era sumamente fácil imaginarse que este color verde provenía de cañaverales silvestres a la orilla de un río donde él corría aventuras, sin obligaciones escolares. ¡Ah! Si se pudiera vivir en las nubes —pensaba el pequeño Remo—, no tendría necesidad de ir a la escuela, de entrar a la horrible aula, pintada de marrón y de blanco cal, de escuchar a un maestro grosero e irritable que señalaba las rótulas del “cadáver” con un puntero oscuro de tan manoseado.


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