Los Lanzallamas
Los Lanzallamas El desconocido se desprende del casco, descubriendo el cráneo tomado por las tres correas de la máscara; desabrocha las hebillas y delicadamente aparta el aparato adherido por unas pinzas a su nariz. Absorbe aire profundamente.
Erdosain examina el fino rostro del soldado, que con sus ojos amarillos y los finos labios apretados refleja un “espíritu con avidez de crueldad” ―uso estrictamente los términos de Erdosain―. Sin embargo, el desconocido debe estar gravemente enfermo, pues sus labios y los lóbulos de las orejas aparecen ligeramente teñidos de un halo violáceo.
—Puede también sacarse los guantes —insiste Erdosain—. Aquí no hay gases.
El hombre extrae penosamente sus manos demacradas, de color mostaza, de los guantes impregnados de aceite, como el resto de su ropa. Mas, en verdad, la única preocupación del desconocido parece ser su aparato antigás. Busca con los ojos un lugar donde colocarlo, y por fin parece encontrarlo. Dobla los tubos de caucho con suma precaución, ajusta los tornillos del oxígeno solidificado, y conduciendo la máquina con la misma delicadeza que si fuera de cristal la acomoda sobre la mesa. Erdosain, al mirar por las espaldas del desconocido ―que está inclinado sobre la mesa―, se da cuenta de que lleva colgada de la cintura una gruesa pistola Mannlicher.