Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Permanece inmóvil, aunque no puede menos de sorprenderse. Su visitante se ha detenido a la orilla de la cama, y desde allí lo contempla, tiesos los brazos cruzados sobre el triple correaje que cruza su capote. Lo extraordinario del caso es que el desconocido viste el traje de las trincheras. Se cubre con un casco de acero y lleva el rostro protegido por una máscara contra gases. Erdosain no puede establecer a qué modelo de guerra corresponde la máscara. Esta consiste en un embudo negro con dos discos de vidrio frente a los ojos. El vértice del embudo termina en un pequeño cilindro horizontal, de aluminio, con tornillos laterales. De allí parten dos tubos de goma anillados, que penetran en una cartera suspendida sobre el pecho por un triple correaje, que pasando por las espaldas se empestilla en las axilas. La careta da al desconocido la singular apariencia de un hombre con cabeza de oso. Ahora Erdosain levanta la cabeza y, apoyando el cuerpo sobre los dos codos, examina el capote en que se calafatea su visitante, impermeabilizado a los gases por un baño de aceite. El capotón es tan inmenso, que su ruedo roza los talones de unos botines increíblemente deformados y cubiertos de fango endurecido.
Remo menea la cabeza, no del todo convencido, y murmura:
—¿Por qué no se quita la careta? Aquí no hay gases.