Los Lanzallamas
Los Lanzallamas A Erdosain no se le ocurre indicarle al enigmático visitante que su uniforme es extemporáneo pues han pasado los tiempos de guerra. Por el contrario, le parece natural que el hombre se uniforme del mismo modo que los poilus67 de las trincheras.
El desconocido, con el casco de acero nuevamente endosado en la cabeza, vuelve hacia Erdosain con paso perezoso y elástico de tigre. Erdosain comprende que tiene que hacer algo en obsequio de su desconocido, pero ni por mientes se le ocurre dejar la cama. Con las manos bajo la nuca lo observa de reojo, y al final no encuentra un agasajo más amable que decirle estas palabras, con voz suave:
—Usted parece que está bastante enfermo, ¿eh?
El otro, inclinada la cabeza, frota el suelo con el taco del botÃn, como los boxeadores que en un ángulo del ring pulverizan la resina con la suela mientras esperan que suene el gong. La visera de su casco de acero le proyecta un semicÃrculo de sombra hasta los labios.
—SÃ, estoy mal. No sé si podré pasar de la noche. Me han gaseado.
—Precisamente, yo estoy estudiando gases.
―¿Quiere empezar el combate?