Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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—No importa. Nosotros usamos al principio el fosgeno. Después lo dejamos por el sulfuro de etilo biclorado. A pocos días de transcurrido el combate, las carnes de los gaseados se rajaban como las de los leprosos. También empleábamos el clorosulfonato de etilo, más cáustico que el fuego. Los hombres tocados por el gas parecían haber bebido ácido nítrico. La lengua se les ponía gruesa como la de un elefante, las entrañas se les consumía como si estuvieran disecándose en bicloruro de mercurio. Para variar el juego, los otros introdujeron la cloroacetona. Me acuerdo de un hombre nuestro a quien se le rompieron los cristales de la careta. A las veinticuatro horas tenía los ojos más rojos que hígados. Era, en verdad, un espectáculo triste y extraño el semblante amarillo de aquel hombre con dos hígados rojos fuera de las órbitas, que manaban interminables torrentes de lágrimas. Inútil era ponerle compresas de yema de huevo sobre los ojos. Sus desaparecidas pupilas lloraban ríos de lágrimas. Cuando llegó al lazareto de la retaguardia estaba absolutamente ciego.

Erdosain sonrió imperceptiblemente.

—Lo notable del caso es que todos esos gases infernales los han descubierto honrados padres de familia.

El gaseado, tiritando de frío bajo su impermeable empapado de aceite, repone:


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