Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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—No tengo ilusiones. Eso no es lo peor. Tampoco podré tener nunca ilusiones.

—Hablá, que te escucho.

Insensiblemente, Luciana se ha arrodillado junto al sofá, apoyando los codos en las rodillas de Erdosain. Remo la observa y se acuerda, como un trozo de panorama visitado, del aserradero a la orilla del agua68. Él llevaría contabilidad, y sonreiría mirando monstruosas ratas de agua asomando el puntiagudo hocico entre los montones de virutas de la orilla.

—¿Querés que hable? Pues tengo poco que decirte. No tengo ilusiones. No podré tener más ilusiones. A los otros hombres los mueve alguna ilusión. Unos creen que tener dinero los hará felices, y trabajan como bestias para acumular oro. Y así los sorprende la Muerte. Otros creen que con el Poder serán dichosos. Y cuando les llega el poder, la sensibilidad para gustarlo se les hizo pedazos entre todas las bellaquerías que ejecutaron para conseguir el poder. Los menos creen en la Gloria, y como esclavos trabajan su inútil obra de arte, que el cataclismo final sepultará en la nada. Y ellos, como los otros que se atormentan por el Oro o por el Poder, aprietan los dientes y mascullan blasfemias. 


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