Los Lanzallamas

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—Meditar otro invento… Pero no digan nada, porque se lo pueden robar.

—Ese mozo debía irse a Norteamérica —comentaba un vejete castellano, tenedor de libros en una ferretería—. Allá ganaría millones…

—¡Lo que es el talento! —argüía un mozo de café—. Él, con dos patadas, se enriquecerá, mientras que nosotros dale que dale y dale…

El tenedor de libros soslayaba con ojillo rijoso el trasero de doña Ignacia, y se sumergía nuevamente, después de suspirar, en la noticia de los festejos de Su Majestad el Rey en su paseo por Cataluña70.

—Sí, a tomar mate, Remo.

Erdosain salió del cuarto. La Bizca estaba, como de costumbre, en alpargatas, obscena la sonrisa tras el cristal de sus gruesos lentes. En cuanto veía a Erdosain ampliaba el escote, y temblantes los senos iba a restregarse en él, entreabiertos los labios, lagañosos los ojos.

Silenciosamente, Erdosain sentóse en un escabel de la cocina. Los muros estaban allí impregnados de mugre, las cacerolas escurrían el agua del fregado en el oscuro revoque, y doña Ignacia, con su negro cabello anillado, las despedazadas pantuflas, y la cinta de terciopelo negro ceñida al musculoso cuello, sonreía con la posible amabilidad de sus muecas, sin desunir los labios.


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