Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —Amiga mÃa, esto no tiene nada de grave. En Venezuela se cuelga a los comunistas de los testÃculos. Se les amarra por una soga y se les sube hasta el techo. Allá a ese tormento lo llaman tortol. Aquà a veces en nuestras cárceles, los interrogatorios se hacen a base de golpes en los testÃculos. Estuve moribundo… sé lo que es estar a la orilla misma de la muerte. De manera que usted no debe avergonzarse de haberme ofrecido la felicidad. Barsut me besó las manos cuando supo mi desgracia. Y lloraba de remordimiento. Bueno, él tiene mucho que llorar todavÃa en la vida. Por eso se salvó. ¿Quiere verlo usted?
—¡Cómo! ¿No lo mataron?
—No. ¿Quiere que lo llame para presentárselo?
—No, le creo… le juro que le creo…
—Lo sé. También sé que el amor salvará a los hombres; pero no a estos hombres nuestros. Ahora hay que predicar el odio y el exterminio, la disolución y la violencia. El que habla de amor y respeto vendrá después. Nosotros conocemos el secreto, pero debemos proceder como sà lo ignoráramos. Y Él contemplará nuestra obra, y dirá: los que tal hicieron eran monstruos. Los que tal predicaron eran monstruos… pero Él no sabrá que nosotros quisimos condenarnos como monstruos, para que Él… pudiera hacer estallar sus verdades angélicas.
—¡Qué admirable es usted! DÃgame… ¿Usted cree en la AstrologÃa?