Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Dijo estas palabras con tristeza. Su voluntad estaba rota. Súbitamente la luz oscureció un grado, con más rápido descenso que el de un aeroplano que se desploma en un poco de aire. El celeste del cielo degradó en grisáceo de vidrio. Nubes rojas ennegrecieron aún más el escueto perfil de los álamos en la torcida del camino. Una claridad submarina se volcaba sobre las cosas. Hipólita tenÃa los pies helados, y aunque, cerca de aquel hombre, su misteriosa castración interponÃa entre ella y él una distancia polar; era como si se hubieran encontrado caminando en dirección opuesta, en la curvada superficie del polo, y en el simple gesto de una mano hubiera consistido todo el saludo, en aquellas latitudes sin esperanza.
El Astrólogo, adivinando su pensamiento, dijo a modo de reflexión:
—Puse el pie sobre una claraboya, se rompieron los cristales, caà sobre el pasamano de una escalera…
Hipólita se tapó los oÃdos horrorizada.
—… y los testÃculos me estallaron como granadas…
Se rascó nerviosamente la garganta, chupó un cigarro, y dijo: