Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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—No… me da la sensación de ser una pobre cosa a la que se puede manosear como se quiere…

El Astrólogo movió la cabeza.

—Está equivocada de medio a medio. Erdosain es un desdichado que goza con la humillación. No sé hasta qué punto todavía será capaz de descender, pero es capaz de todo…

—Usted sabe lo de la criatura en una plaza… —y se detuvo, temerosa de ser indiscreta.

Habían llegado casi al final de la quinta. Más allá de los alambrados se distinguían oquedades veladas por movedizas neblinas de aluminio. En un montículo, aislado, apareció un árbol cuya cúpula de tinta china estaba moteada de temblorosos hoces verdes, y el Astrólogo, girando sobre los talones y rascándose la oreja, murmuró:

—Sé todo. Posiblemente los santos cometieron pecados muchos más graves que aquellos que cometió Erdosain. Cuando un hombre que lleva el demonio en el cuerpo, busca a Dios mediante pecados terribles, así su remordimiento será más intenso y espantoso… pero hablando de otra cosa… ¿su esposo sigue en el Hospicio?

—Sí…

—¿Usted venía a extorsionarme, no?

—Sí…

—¿Y ahora qué piensa hacer?

—Nada, irme.


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