Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —En realidad yo, él, vos, todos nosotros, estamos al otro lado de la vida. Ladrones, locos, asesinos, prostitutas. Todos somos iguales. Yo, Erdosain, el Buscador de Oro, el Rufián Melancólico, Barsut, todos somos iguales. Conocemos las mismas verdades; es una ley: los hombres que sufren llegan a conocer idénticas verdades. Hasta pueden decirlas casi con las mismas palabras, como los que tienen una misma enfermedad fÃsica, pueden, sepan leer y escribir o no, describirla con las mismas palabras cuando ésta se manifiesta en determinado grado.
—Pero usted cree en algo… tiene algún dios.
—No sé… Hace un momento sentà que la dulzura de Cristo estaba en mÃ. Cuando usted se ofreció a mà tuve deseos de decirle: Y vendrá Jesús… —se echó a reÃr. Hipólita tuvo miedo, pero él la tranquilizó poniéndole la mano en el hombro, al tiempo que decÃa—. Erdosain tiene razón cuando dice que los hombres se martirizan entre sà hasta el cansancio, si Jesús no viene otra vez a nosotros.
—¡Cómo!… ¿Y usted, tan inteligente, cree en Erdosain?…
—Y además lo respeto mucho. Creo en la sensibilidad de Erdosain. Creo que Erdosain vive por muchos hombres simultáneamente. ¿Por qué no se dedica a quererlo usted?
Hipólita se echó a reÃr.