Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —Es notable lo que le sugieren mis reflexiones.
—El deseo es mi verdad en este momento. Yo he comprendido perfectamente todo lo que ha dicho usted. Y mi entusiasmo por usted es deseo. Usted ha dicho la verdad. Mi cuerpo es mi verdad. ¿Por qué no regalárselo?
Una arruga terrible rayó la frente del Astrólogo. Durante un minuto Hipólita tuvo la sensación de que él la iba a estrangular; luego movió la cabeza, miró, a lo lejos, a una distancia que en la abombada claridad de sus pupilas debÃa ser infinita, y dijo secamente:
—SÃ… su cuerpo en este momento es su verdad. Pero yo no la deseo a usted. Además, que no puedo poseer a ninguna mujer. Estoy castrado.
Entonces las palabras que ella le dijo a Erdosain esa noche nuevamente estallaron en su boca:
«Cómo, ¿vos también?… un gran dolor… Entonces somos iguales… Yo tampoco he sentido nada, nunca, junto a ningún hombre… y sos… el único hombre. ¡Qué vida!».
Calló, contemplando pensativa los elevadÃsimos abanicos de los eucaliptos. AbrÃan conos diamantinos, chapados de sol, sobre la combada cresta de la vegetación menos alta, oscurecida por la sombra y más triste que una caverna marÃtima.
El Astrólogo inclinó la frente como toro que va a embestir una valla. Luego, mirando a la altura de los árboles, se rascó la cabeza, y dijo: