Los Lanzallamas
Los Lanzallamas La fábrica de fosgeno es visible en los ojos de Erdosain. Tiene que concentrarse fuertemente para apartarse de esta imagen y continuar redactando, en un estilo que se le antoja enfático: «La disciplina del gas tiende a considerar a todo gaseado como un herido grave». Escribe enérgicamente, acentuando con inconsciente cargazón de tinta las curvas perpendiculares de las letras: «Tan importante es el empleo de gas, que el sesenta por ciento de los proyectiles que se fabricaban al final de la guerra estaban cargados de tóxico».
A momentos deja de redactar para tomarse con la palma de la mano el plano de la frente. Se siente afiebrado. Escrúpulos tardíos le remueven la conciencia. El secreto del gas. Los muertos. Caerán los hombres por la calle como moscas. ¿Quién puede detener el avance de la cortina de gas? Fosgeno. Nombres fulgurantes. Difenilcloroarsina.
¡Oh, los demonios, los demonios! Se aparta tambaleándose de la mesa, apaga la lámpara, y se tira con náuseas sobre el sofá. El mueble parece moverse lentamente como una mecedora.