Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Mira a un ángulo de su cuarto. Repite: Barrio Norte. Se le hacen visibles los criados en las puertas de los garajes conversando de la grandeza de sus amos. Un viento verde, amarillo, aparece en la entrada de la calle. La cortina sobrepasa las cornisas de los edificios. El aire se impregna de olor a hierba podrida. Los fámulos del corbatín abren ansiosamente las bocas. Súbitamente, uno respinga en el aire, y cayendo se encoge más bruscamente que si hubiera recibido un golpe en el estómago. La nube de gas verdulenco está sobre los criados. Otro se toma el vientre con las manos crispadas en violeta. Ruedan los cuerpos por el mosaico de la acera. Con los rostros aplastados en las baldosas se desquijarran en aspiración del aire que ya no existe. Hilos de sangre resbalan hacia el cordón de granito de la calle. La nube de gas se expande en los jardines sembrados de granza roja y palmeras africanas.
Erdosain se pone una mano en la oreja. En sus oídos resuenan lentos silbidos de dínamos; son zumbidos de usinas proletarias, elaborando toneladas de gas. Hombres embutidos en trajes de goma, con cascos de caucho y cristal, vigilan el manómetro de los compresores y los pirómetros de los catalizadores. Las tuberías de las refrigeradoras se cubren lentamente de un algodonoso polvillo glacial.