Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Pasan las horas de la noche. La noche, su “castigo de Dios”, no lo deja dormir. Erdosain permanece con los ojos desencajados en la oscuridad. Preguntas y respuestas se entrecruzan en él. Se deja estar como una esponja mecida por el vaivén de esa misteriosa agua oscura que en la noche puede denominarse la vida centuplicada de los sentidos atentos.

Ha recorrido la gama de las posibilidades humanas y sabe, textualmente sabe, que no le queda nada que hacer. La vida es un bloque que tiene la consistencia del acero, a pesar de su movilidad. Él quiere horadar el cubo con una mechita de cerrajero… No es posible.

Erdosain se deja mecer, con los párpados muy abiertos. A veces mete la cabeza bajo la manta, y se queda acurrucado como un feto en su bolsa placentaria. A esa misma hora, millones de hombres como él están con las rodillas que se tocan y las piernas encogidas, y las manos recogidas sobre el pecho, semejantes a fetos en sus bolsas placentarias. Cuando el sol, dejando sombras azules en las veredas, proyecte su resplandor dorado sobre las altas cornisas, esos fetos abandonarán sus bolsas placentarias, abrirán una canilla, con un pedazo de jabón se desgrasarán el rostro, beberán un vaso de leche, saldrán a la puerta, treparán a un tranvía amarillo o a un ómnibus verde… y así todos los días.


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