Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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La chica examina a los dos bergantes con atención de extrañeza. Lee el cartelito.

—¿Así que está ciego su papá? —dice la chica.

—No, zeñorita… ziego del todo no, pero cazi completamente ziego.

—¿Y cómo fue? —se interesa.

—Eztaba haziendo una reazión con ázido nítrico y ze rompió el tubo de enzayo, y con la explozión le zaltaron gotaz y vaporez en loz ojoz.

—Pobrecito —murmura la chica—. ¿Y no tiene familia?

—Yo zoy zu único hijo. El zeguro no quizo pagarle porque dijo que nadie le mandaba tenerle amor a la zienzia. Loz pobrez zomoz laz víctimaz, zeñorita.

Hablando de esta manera Emilio dibuja cara compungida, como quien está ausente de las malicias del mundo. El Sordo, esquivo como una mula, permanece tieso, oblicuo al pilar de mampostería donde se apoya la jovencita preguntona.

La chica mueve comprensivamente la cabeza. Esta última cláusula, patéticamente recitada por el bellaco, la ha convencido. Dice:

—Espere un momentito —y la pollera se arremolina en torno de sus piernas mientras va corriendo por la galería. 


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