Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Emilio la contempla ávidamente, y piensa: “Qué ingenua parece”. E internamente agradecido a las palabras de la chica, rebusca en su valijón el paquete de caramelos menos manoseado para ofrecérselo. El Sordo permanece silencioso, esquivo como un mulo, la nariz contra el pilar.

Aparece la chica, ligeramente sonrosada las mejillas. Los cabellos se abren a los costados de sus sienes. Trae un billete de un peso en la mano.

—Sírvase, y que Dios lo ayude.

Emilio le alcanza el paquete de caramelos.

—Que Dioz ze lo pague zeñorita —y tomando el peso se lo echa al bolsillo.

—Guárdese los caramelos, gracias.

—Que Dioz y la Virgen ze lo paguen, zeñorita… 

Y Emilio, tomando al Ciego del brazo con el mismo gesto del que toma un asno por el ronzal, lo aparta de la pilastra. Cuando se han alejado unos pasos, Eustaquio pregunta:

—¿Cuánto te dio?

—Veinte zentavoz.

Eustaquio menea la cabeza disconforme. 

—Tantas preguntas por esa miseria. 

Emilio se siente irritado:

—Zoz un mal nazido. No tenéz ni zinco de agradezimiento80 por laz perzonaz que te benefizian.


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