Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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Una señora viene de la feria con un cestón entre cuyas tapas cuelga la cabeza de un pato degollado. Los detiene encuriosada:

—Tan joven, y ciego. ¿Piden limosna, ustedes?

—No zeñora. Vendemoz carameloz a laz perzonaz de buena voluntad que quieran ayudarnoz… 

—¿Y cómo le pasó eso?

—Eztaba haziendo una reazión con ázido nítrico, y ze rompió el tubo de enzayo y con la explozión le zaltaron gotaz y vaporez en loz ojoz.

—¿Y no habla? ―le dice a Eustaquio, que permanece detenido, esquivo como un mulo cuya venta tramita un gitano.

—Ez que ez zordo ademáz, zeñora, zordo como una tapia.

—¡Qué desgracia!… ¿y qué venden ustedes?

—Carameloz, zeñora… paquetez de diez y veinte zentavoz.

—¿No tiene paquetitos de cinco? 

—No, zeñora…

—Entonces, será otra vez.

Y la vieja parlera, esporteando su cestón de vituallas, se retiró compadecida. Emilio se quedó mascullando infamias.

—¿Vez, zordo perverzo? La tenéz con eztos barrioz.


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