Los Lanzallamas
Los Lanzallamas El otro, que no oye, que no oye si no se le habla muy fuertemente en la caja del oÃdo, marcha imperturbable y atiesado. Eustaquio se inclina sobre él y le vocifera, pegándole casi los labios a la oreja:
—¿Cuánto te dio?
—No me dio ni zinco.
Eustaquio repone:
—No importa. Por cada pobre vivo que no da, hay diez imbéciles que dan. No te dirijas a las señoras de edad. Las señoras de edad son tacañas y duras de corazón. La estupidez humana es infinita. Dirigite a las mujeres humildes, no a las burguesas. ¡Las burguesas! Las burguesas son avaras. Pedile a las pobres mujeres. Las pobres mujeres tienen un corazón asequible a los sentimientos tiernos. Las mujeres que van a la feria y compran patos descabezados no creen en Dios ni en el Diablo. Pedile a las chicas. Las chicas se enternecen. No tienen experiencia todavÃa. No hables mucho. Un lazarillo que habla mucho convence poco. ¿Me oÃs?
—Zà que te oigo, bellaco.
—¿Le dijistes que estaba ciego por mi amor a la ciencia?
—No —aúlla Emilio.