Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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—Decí siempre por amor a la ciencia. Es una frase que convence. Empezá así: “Ciego por su ferviente amor a la ciencia” ―agregó lo de ferviente―. Después colocá la cláusula del ácido nítrico. Ahora sí que me parece que el cielo está nublado.

—Laz nubez laz tenéz voz en la cabeza, truhán.

En la vereda frontera82 aparece un frutero vociferando su mercaderĂ­a.

El Sordo lo oye, podrĂ­a decirse, por intuiciĂłn. Le grita a Emilio:

—Che, llamalo al frutero.

—Ahí eztáz, glotón. No penzáz otra coza que darte la vida de un arziprezte.

El frutero se acerca derrengado por dos cestones que le enyugan el cogote con una lonja de cuero. Tiene cara de picardía, y examina a los dos perdularios con gestos de quien descubre el secreto de la trampa. Los tres proletarios de la calle disputan unos minutos, y por fin el Sordo embaúla en los bolsillos del macferlán dos docenas de bananas.

Ahora los dos hermanos llegan a la plaza del itinerario. Buscan un banco a la sombra de un árbol y se echan allí. Emilio tiene los pies doloridos. El Sordo bufa, aturdido por su ceguera artificial. Murmura:

—Che, Âżme puedo sacar los anteojos? 

—No, hay gente por ahí.


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