Los Lanzallamas

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El Sordo esguinza el rostro, y comienza a comer bananas. Arranca las cáscaras en tres tiras y las arroja sobre sus espaldas al cantero verde, a cuya orilla está el banco. Come ávidamente, llenándose la boca de modo que la saliva corre entre los puntos grises de la barba que le sombrea los labios. Emilio lo observa disgustado, y come púdicamente, dando más rápidos y profundos bocados que él. 

El Sordo comienza a filosofar:

—Decí si no es linda una vida así, Emilio. Sé sincero. Uno no tiene preocupaciones, horario, jefes que lo griten. La libertad absoluta. Querés pedir, pedís; no querés pedir, no pedís. ¿Viste el otro día esos campos por donde andábamos? Mira, me ha quedado la gana de hacerme una choza de lata por ahí y vivir como un abade, panza al sol. Me llevaría el Quijote y una caña de pescar. ¿Para qué trabajar y romperse la cabeza?

—Zoz un pelafuztán. ¿Y a laz chicaz quién laz ayuda, el Papa? ¿Y mamá? Tiene razón Juan cuando dize que zoz un mal hijo y un mal hermano. Zi uno fuera como voz, loz piojoz le andarían al trote por enzima.

El Sordo calla, mascullando internamente su ideal de vagancia. Un chozo a la orilla de un río, campo verde, y esperar que la vida pase, como aguarda un enfermo en la antesala de un dentista que llegue su turno para que le extraigan el diente que le hace sufrir.


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