Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Esgrimiendo su garrote, enfático de autoridad, se acerca, buida la mirada sobre los dos hombres, el guardián de la plaza.
—¿Ustedes tiraron esas cáscaras de bananas ahí? —y señala el cantero.
No lo pueden negar, porque el Sordo está atracándose con la banana número diecinueve.
—A ver si juntan esas cáscaras y se mandan a mudar. ¿Qué se pensaron, que esto es un potrero?
El largo Emilio menea la cabeza con resignación de mártir. Sube al cantero y junta inclinado las cáscaras que el Sordo, despreocupadamente, ha tirado por encima de sus espaldas. Eustaquio adivina el rezongo de Emilio y sonríe sardónicamente, pelando la banana veinte. Emilio piensa:
—Y dezpuéz ze queja zi me guardo una parte de la limozna… Da máz trabajo él zolo que un regimiento de criaturaz.
79 Nota del comentador: El sordo Eustaquio preparaba todos los días un derrotero a seguir, para evitar de pedir limosna en las mismas calles, arguyendo que sin principios científicos las profesiones más productivas no daban resultado.
80 “No tenés ni cinco de agradecimiento”: ni el menor gesto de agradecimiento. (N. del Rev.)
81 Calla, desvergonzado. (N. del Rev.)
82 Por “de enfrente”. (N. del Rev.)