Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —A usted le parecerá extemporánea esta canción, ¿no es cierto? —preguntó—. Yo la aprendà escuchándola de un chico que la cantaba todo el dÃa. VivÃa en el altillo de una casa cuya medianera daba frente a mi cuarto. El chico cantaba todas las tardes, yo estaba convaleciente de la terrible desgracia… Una tarde no la cantó más el chico…; supe por un hombre que me traÃa la comida que la criatura se habÃa suicidado por salir mal en los exámenes. Era un hijo de alemanes, y su padre un hombre severo. No he visto nunca el semblante de ese niño, pero no sé por qué me acuerdo casi todos los dÃas de aquella pobre alma.
Impaciente, estalló Hipólita:
—SÃ, nada más que recuerdos es la vida…
—Yo quiero que sea futuro. Futuro en campo verde, no en ciudad de ladrillo. Que todos los hombres tengan un rectángulo de campo verde, que adoren con alegrÃa a un Dios creador del cielo y de la tierra… —cerró los ojos; Hipólita lo vio palidecer; luego se levantó, y llevando la mano al cinturón dijo con voz ronca—. Vea.
Se habÃa desprendido bruscamente el pantalón. Hipólita, retrayendo el cuello entre los hombros, miró de soslayo el bajo vientre de aquel hombre: era una tremenda cicatriz roja. Él se cubrió con delicadeza y dijo: