Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Hipólita subió la escalera. Cuando el Astrólogo en el cuarto oscuro encendió la luz, ella se quedó observando encurioseada el armario antiguo, el mapa de Estados Unidos con las banderas clavadas en los territorios donde dominaba el Ku Klux Klan, el sillón forrado de terciopelo verde, el escritorio cubierto de compases, las telarañas colgando del altísimo techo. El enmaderado del piso hacía mucho tiempo que no había sido encerado. El Astrólogo abrió el armario antiguo, extrajo de un estante una botella de ron y dos vasos, sirvió la bebida y dijo:
—Beba… es ron… ¿No le gusta el ron?… Yo lo bebo siempre. Me recuerda una canción que no sé de quién será, y que dice así:
Son trece los que quieren el cofre de aquel muerto.
Son trece, oh, viva el ron…
El diablo y la bebida hicieron todo el resto…
El diablo, oh, oh, viva el ron…
Hipólita lo observó recelosa. El rostro del Astrólogo se puso grave.