Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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—¿Ves?… A todos ustedes les pasa lo mismo. Los curas hablan de un Jesús que está lejos del corazón humano, e insensiblemente la gente se aleja de Jesús. Pero Jesús era un hombre… Hablaba como hablo yo con vos. Iba por las calles de las aldeas, y de las puertas entreabiertas le llegaba el olor de los guisos, y veía a las mujeres que con los brazos desnudos ordeñaban sus cabras. Él estaba simultáneamente dentro de todas las cosas del mundo. Y nadie se daba cuenta de la inmensa misericordia que le hacía pararse al anochecer en los campos, junto a las fogatas de los pastores y bandidos. Porque vos sos también un bandido.

Bromberg se relamió ávidamente:

—No tengo ningún inconveniente en aceptar que soy un bandido, pero el problema no se resuelve faltándome el respeto a mí, sino diciéndose: ¿y si Dios no existe?

Y Bromberg fijó nuevamente la mirada en una altura que observara antes.

El violáceo que teñía la cúpula del eucalipto fue degradando en esmalte de plata azulada. La altura semejaba a una cúpula de aluminio. Rápidamente repuso Ergueta:


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