Los Lanzallamas
Los Lanzallamas »He tropezado, raramente, con individuos de mirada penetrante que localizaban en mà los vicios que escondÃa, y no sé por qué, animados de una estúpida piedad, trataban de aconsejarme. ¡No se imagina usted lo que me he divertido subterráneamente escuchándolos, haciéndolos hablar horas y horas, hasta fingir que me emocionaba con sus observaciones! Ellos disertaban al estilo de pedantes de la moral, y yo inclinaba el rostro y los ojos se me llenaban de lágrimas. ¿Quiere creer que uno de esos imbéciles llegó a besarme las manos? Su orgullo necesitaba esa expansión frente a mi remordimiento. Interiormente, yo me burlaba de él. Mi conducta era dejar llegar las cosas hasta cierto punto; luego un dÃa, bruscamente, cortaba todo consejo con una groserÃa irónica, inesperada y ofensiva.
Se inclinó para arrancar del suelo un manojo de tallos verdes con los que se golpeó las pantorrillas; luego, apretando con los dedos el codo del brazo derecho de Ergueta ―que, adivinaba, volvÃa el rostro hacia él en la oscuridad―, insistió casi agresivo: